Estoy comiendo un yogur a regañadientes. Pero ojo, no a regañadientes porque quisiera estar degustando una milanesa a la napolitana con papas fritas, sino porque no tengo hambre.
No, no tengo hambre. No, no comí nada en todo el día. Café con leche, agua y mate… en ese orden, desde que me levanté. No, no estoy haciendo dieta.
A raiz de este extraño suceso me cuestioné si no me estaría pasando algo. Estaré ¿Enferma o deprimida ?… ¿O las dos cosas? Acto seguido me pegué una cachetada imaginaria: cuando tengo hambre, porque tengo hambre; y cuando no tengo hambre, porque no tengo hambre. Ya está, oficialmente, no hay cosa que me venga bien.
Conclusión, disfrutaré la falta de apetito mientras no me dure más de una semana (cosa que sinceramente dudo) y a ocuparse de cosas más trascendentales!







